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By this River

Llénate de mi

Llénate de mí. Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame. Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame. Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora. Soy el que pasó saltando sobre las cosas, el fugante, el doliente. Pero siento tu hora, la hora de que mi vida gotee sobre tu alma, la hora de las ternuras que no derramé nunca, la hora de los silencios que no tienen palabras, tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias, tu hora, medianoche que me fue solitaria. Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta. Ayúdame a romper estas puertas inmensas. Con tus hombros de seda desentierra estas anclas. Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro. Mi corazón no debe callar hoy o mañana. Debe participar de lo que toca,debe ser de metales, de raíces, de alas. No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve, no puedo ser la sombra que se deshace y pasa. Libértame de mí. Quiero salir de mi alma. Vamos juntos. Rompamos este camino juntos. Ser la ruta tuya. Pasa. Déjame irme. Ansíame, agótame, viérteme, sacrificarme. Haz tambalear los cercos de mis últimos límites. Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca, inundando las tierras como un río terrible, desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos, destrozando, quemando,arrasando como una lava loca lo que existe, correr fuera de mi mismo, perdidamente, libre de mí. Curiosamente libre. ¡Irme, Dios mío, irme!
(Fragentos de Pablo Neruda)

Poeta Negro

                                                                             

Poeta negro, te obsesiona
un seno de doncella
poeta amargo, la vida se agita
y arde la ciudad
y el cielo se diluye en agua,
y tu pluma punza el corazón de la vida.

Artaud
y Autumn Whitehurst

La mesa del rincón

la mesa del rincón es el lugar donde comienzan todas las peleas y confluyen todas las treguas. Es el espacio obligado de las noches y las mañanas, de viejos solitarios y parejas clandestinas, de primeros amores con calor en las tripas y jodedores empedernidos planeando el próximo mangazo. No se porqué los imagino turnándose ordenadamente pensando para si que son los únicos en ese universo, diciéndose “ahora entro yo”: esperando una solución mesiánica, una idea que los saque de la rutina que los agobia; un “dale vamos” del levante de turno; un espacio nuevo cedido a sus manos inquietas; una herencia inesperada que los exima del ardid diario para zafar. Son actores de reparto esperando el protagónico, en el fondo saben que ese sueño que los levanta cada mañana del lugar al que no quieren volver en la noche, es solo eso: un sueño. Son el motor, sucio y remendado que mueve las escenas que rodean la mesa del rincón.

Los oledores de tragedias están por todos lados, se levantan a la mañana y empiezan a encontrar las cosas mal. Y se sumergen en la rabia, una rabia que dura hasta que se van a la cama, e incluso ahí se retuercen en su insomnio, incapaces de quitar de sus mentes los pequeños obstáculos que han hallado. Se sienten en contra, es un complot. Y por estar constantemente furiosos sienten que siempre tienen razón. Los ves en el tráfico tocando bocina como salvajes ante la más leve infracción, puteando, desparramando sus insultos. Los sentís en las colas de los bancos, de los supermercados, de los cines, presionan en tu espalda te pisan los talones están impacientes por una furia. Están por todos lados y en todas las cosas, esas almas violentamente infelices. En realidad están asustados, como siempre, quieren tener razón, fustigan sin cesar…es un mal, una enfermedad de esa raza. Charles Bukowsky.

…decía mi viejo y una de las zonas urticantes de nuestra historia nacional, sobre la cual se pasa a menudo a toda carrera, es la que atañe a los sucesos del año 1831, relacionados con la matanza y destribalización de los charrúas en Salsipuedes.
Rivera, su sobrino Bernabé, el general Laguna y otros jefes se desplazan como zorros cautelosos, a la par que utilizan un doble discurso: “Hay que prometerle a los indios el retorno al Paraíso Perdido del área riograndense. Luego es menester reunirlos sin que sospechen las intenciones de los promeseros y a continuación distraerles, emborracharlos y mediante un ataque fulminante, acabar con los caciques y los guerreros jóvenes.”
Sobre la acción de Salsipuedes, acaecida en las puntas del Queguay el 11 de abril de 1831, no existen casi detalles. El diario El Universal, publicado en Montevideo, dice brevemente en su edición del 15 de abril: “Estamos informados de que en el día 10 del corriente ha habido una acción en Salsipuedes, entre los Charrúas y la división del inmediato mando de S.E. el Señor Presidente en campaña, en la cual han sido aquellos completamente destruidos”. En realidad no fueron completamente destruidos. Algunos caciques, desconfiados, no acudieron a la cita. Otros indios, muy pocos, pudieron escapar. Los muertos no fueron los cuarenta que consigna el parte de Rivera ni los miles que los charruistas endilgan a las malas artes del General. Los charrúas eran alrededor de medio millar. Luego de la acción, breve y mortífera, los viejos, niños, mujeres y algunos combatientes fueron tomados prisioneros y conducidos a la capital. Su destino fue sellado por un etnocidio llevado a cabo con habilidosos procederes, que algunos califican como satánicos y otros como humanitarios.
Luego del combate, se difunde un cuidadoso y hasta elegante parte de guerra, fruto de los buenos oficios de un secretario letrado, cuyo contenido no tiene desperdicio alguno, tanto en lo que trasluce su meditada y elusiva sintaxis como en lo que callan sus calculados silencios.

De Daniel Vidart, El mundo de los Charrúas.
Y si… la historia es algo que nos cuentan, si es verdad o no eso es otra historia.